miércoles, 22 de abril de 2015

Me preguntan los lectores de "Clara dice" si el nuevo caso del comisario Trápaga tiene alguna conexión con este libro. No, son casos distintos e independientes. "Entre el esperpento y el escalofrío", que es como se titula el nuevo caso del comisario, tiene alguna referencia a "Clara dice", en concreto en lo que se refiere al trato con su hija mayor, pero nada que no pueda ser entendido si no se ha leído esta. Impaciente estoy porque vea la luz esta nueva investigación del tan peculiar Trápaga.
Finales de mayo es la fecha.



domingo, 19 de abril de 2015

El aborto del infierno (microrrelato de terror)

El aborto del infierno halló acomodo fácil en la tierra. Ser vil y ladino. Principio del mal que se alimenta de tu alma. Destructor de toda esperanza. Ladrón de ilusiones. Embaucador de inocentes, ignorantes e idiotas. Aún así, se presentará a las siguientes elecciones y volverá a salir elegido.

miércoles, 15 de abril de 2015

Harry y Sally

Me pregunto qué será de ellos. ¿Seguirán juntos?,  ¿habrán tenido hijos? ¿Son felices?
Harry y Sally…Yo soy más de Harry que de Sally. Me identifiqué con él desde el primer fotograma de la película. Sarcástico, soberbio, pero simpático. La vida y sus palos le cambiarán, le harán más humilde y empático, aunque sin perder su sentido del humor. Sally también cambió. Inocente y en posesión de la verdad al principio del film, acaba aceptando otras opciones y opiniones en su vida.
No es fácil hacer comedia, y mucho menos si es romántica. El problema de este tipo de películas es que desde el primer minuto sabes que existe un 99.99% de probabilidades de que la pareja protagonista acabe felizmente enamorada. Lo que convierte algo tan previsible en una historia soberbia es que no solo no te importe que acaben juntos sino que lo desees con todas tus ganas. Esto es así con Harry y Sally y el mérito es casi exclusivo de su guionista, Nora Ephron. Nunca hizo un guión mejor, nunca lo superó. Es su obra maestra, su tributo al amor y a la comedia romántica. Si digo que el mérito es casi exclusivo de ella es porque el resto lo pusieron los dos actores, Billy Cristal y Meg Ryan. Nunca estuvieron mejor dirigidos, lo que nos lleva a hablar de su director, Rob Reiner, que firmó aquí su mejor trabajo. Cuánto talento dando lo mejor de sí mismo.
Sí, a menudo pienso en Harry y Sally, ¿Habrán envejecido juntos?, ¿serán los típicos abuelos adorables? ¿Sus manías se habrán intensificado con la edad? Le debo mucho a esta película. Le debo mi sentido del humor, el ser capaz de reírme de mis propios problemas, de tener un comentario gracioso justo en el momento que más se necesita; le debo mis ganas de escribir, conseguir construir una historia que llegue a su altura, superarme. Conseguir escribir perlas como “Te odio con todo mi corazón”, o “vine aquí esta noche porque cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida empiece lo antes posible”

 Harry y Sally están muy presentes en mi novela “Mis ojos llenos de ti” y por esa misma razón fui muy feliz escribiéndola. Si he logrado estar a la altura, no soy yo quien debe decirlo, sino los lectores.

viernes, 10 de abril de 2015

DOS CAÑAS, POR FAVOR (relato)

Silvia entró a trabajar en aquel bar con la esperanza de permanecer en él al menos unos meses. Acumulaba sobre sus hombros unos cuantos despidos, justificados o no, y ya su alma pedía un reposo laboral. El problema radicaba en su temperamento: no lo podía controlar. Era impulsiva y lo era para todo, ya fuera el primer beso o el último. Numerosas eran las veces en las que había metido la pata por su temperamento arrebatado y, tenía que reconocerlo, algunos de sus despidos habían tenido que ver con ello.

El bar vestía de art decó y no era mal vestido ese. De hecho, era famoso por su decoración y sus bocadillos de jamón serrano con tomate. Las mañanas eran intensas, casi de locos, bajando el ritmo a la tarde. Una mina de oro. Por eso Silvia estaba contenta. Si se portaba bien (léase controlar su temperamento) podría hacer incluso planes con su pareja para cambiar a un piso más amplio que el cuchitril que usaban en ese momento. Si se portaba bien.

Cuando bajaba la marea de clientes, esto es, sobre las cinco de la tarde, solía aparecer un hombre maduro, de unos cincuenta años, pelo cano, aspecto cansado y vida gastada que se sentaba siempre en la misma mesa. Silvia fue quien le atendió. Dos cañas le pidió el cliente. “¿Espera a alguien?”, le preguntó ella con la ilusión de su primer día intacta. “No”, contestó lacónico, y repitió, “dos cañas, por favor”. Silvia quiso hacer una mueca de desagrado en cuanto fue hacer el pedido, pero, para su tranquilidad, pudo controlar su temperamento. Le sirvió las dos cañas y el resto de la tarde anduvo de mesa en mesa, de comanda en comanda, peros sin dejar de echar el ojo el hombre de las dos cañas. Tras un par de horas largas, se bebió una de las cañas, dejando la otra intacta. Con su mirada perdida en la caña que no consumía, parecía estar viviendo en un mundo ajeno al que le rodeaba. Se levantó y, sin despedirse de nadie, se marchó.

“Es Esteban”, le explicó el encargado a Silvia, “un cliente fijo. Venía mucho con su mujer, pero murió y ahora viene solo. Siempre pedían dos cañas y eso es lo que sigue pidiendo. Coloca la otra caña frente a la suya y se queda mirándola. Solo bebe la suya y se marcha. Así, día tras día”. Y era verdad, pues durante las semanas sucesivas, que Silvia completó exitosamente sin provocar ningún altercado, lo anduvo observando y la operación se había repetido sin modificación alguna.

Esa determinación, esa fijeza de ideas, sin alterarlas lo más mínimo; esa dos cañas que se repetían todos los días, esa mirada perdida y esos andares de vida gastada empezaron a atentar sobre el temperamento amaestrado de Silvia. El comportamiento de aquel cliente se le metió en la cabeza como una canción que no nos abandona, pero una canción molesta, que no deseamos recordar. Podía aguantar a los borrachos, a los quisquillosos, a los ruidosos, pero no podía con la ceremonia que el viudo efectuaba en el bar. Por ello, cada tarde Silvia debía contenerse, hacer un verdadero sacrificio de su voluntad para no estallar ante Esteban y sus dos cañas.

Un día no pudo más. “Dos cañas, por favor”. Se las sirvió pero no se marchó de la mesa. Con rostro inquisitivo se sentó frente a Esteban y se bebió la caña reservada a su difunta esposa. Esteban no reaccionó pues su mirada continuó perdida mientras Silvia desataba su temperamento. Cuando terminó, dejó la jarra golpeándola contra la mesa, que se notara su acto reivindicativo. Luego, le gritó al cliente. “Tío, que la vida hay que vivirla. Déjate ya de tanta caña y de tanto recuerdo, joder”. Dejó al viudo sumergido en sus pensamientos y en la jarra vacía para regresar a la barra, donde le esperaba el encargado con la expresión más sorprendida que pudo reunir. En realidad, todos los presentes mostraron la misma reacción. Esteban, luego de unos minutos en su acostumbrada actitud, se levantó y se marchó sin despedirse.

Al día siguiente, Esteban no apareció y, por los comentarios del encargado ante la posibilidad de perder un cliente fijo, Silvia se vio en la calle. Sus esperanzas de verle aparecer esa semana se esfumaron. En realidad, nunca más se supo del viudo. Sin embargo, Silvia no fue despedida y trabajó en el bar durante muchos años, tantos que la mayor parte de la clientela entraba para hablar con ella. La imagen de Esteban nunca se fue de su cabeza; los remordimientos le acompañaron día y noche. Rezaba, incluso, por poder hallarlo algún día y pedirle perdón, pero sus plegarias no fueron atendidas.

Diez años más tarde, Silvia, de compras por el centro con su pareja, quedó traspuesta. Frente a un escaparate estaba Esteban con la mirada fija en unos modelos de mujer. De inmediato pensó si aquella no sería la tienda que frecuentaría su esposa. Todavía anclado en el pasado, se lamento la camarera. Suspiró con dolor y se excusó un momento con su novio pues debía atender un asunto pendiente.  Con pasos tímidos se acercó al viudo y carraspeó para llamar su atención, aunque sin éxito. Tuvo que tocarle el hombro para que reaccionara.

“Perdone, no sé si me recuerda, pero…” Esteban no la dejó seguir. “Claro que te recuerdo”, le dijo él enseñando su mejor sonrisa, “pues no me iba a acordar”. Ella se sintió confusa. “Quería pedirle perdón por lo que le hice…” De nuevo la interrumpió. “¿Lo que me hiciste, dices?”- y la  sonrisa era cada vez más amplia y sincera. “Lo que me hiciste me salvó la vida, pequeña. Me hiciste reaccionar. Cuando me levanté de mi sitio fue con la determinación de pasar página y volver a la vida. Por eso no he vuelto a tu bar; forma parte de mi pasado. Me fui de viaje, conocí gente, me volví a casar; sí, como lo oyes. Ahora estoy esperándola. Entró a mirar trajes y esas cosas nunca las he podido soportar. Ah, mira aquí viene. Cariño, mira qué sorpresa. Esta es la joven que te dije que me salvó la vida”. Su esposa brilló de alegría al escucharle. Abrazó a Silvia y le agradeció aquel gesto suyo con la caña. Luego de agradecérselo varias veces, la pareja se marchó dejando a Silvia entre lágrimas de emoción y, sobre todo,  de alivio.





jueves, 2 de abril de 2015

Para ir haciendo boca, os dejo la estupenda portada de la novela que espero publicar en Amazon a finales de mayo. Se trata de un nuevo caso del comisario Trápaga, lleno de humor, pero también de misterio y terror. Por supuesto, no faltarán los comentarios del propio comisario conduciendo el caso.
El pasado visita de forma inesperada al comisario Trápaga. Lo que creía muerto y olvidado aparece de nuevo en su vida. ¿Logrará descubrir lo que no pudo treinta años atrás? ¿Estará preparado para afrontar una investigación como esta hasta el final? ¿Lo estás tú?
La portada es obra de David P. González, colaborador habitual del foro literario Ábretelibro.


jueves, 26 de marzo de 2015

LA RUEDA DE PRENSA (relato apocalíptico)

El Comisario Trápaga detestaba hablar en público. Básicamente, detestaba a la gente, no como entes individuales dignos de amar y respetar,  sino como grupo. Las multitudes le ahogaban y más de diez personas juntas las consideraba una secta. Tan recurrido como conocido era su dicho de que el pueblo es hermoso pero la gente es gilipollas. Por eso, aquella tarde podía considerarla como uno de los momentos más difíciles de su carrera. Todos aquellos focos apuntándole, periodistas de todos los medios junto a corresponsales del mundo entero ansiosos por oírle hablar y asaltarle con sus preguntas. Entendía que aquel revuelo estaba justificado pero maldecía que le hubiera tocado precisamente a él llevarlo. ¿Quién le había mandado a detener a ese loco desarrapado que andaba perdido por las calles?

Los flashes de las máquinas castigaban sus pupilas de tal modo que consideró aquel instante como el más idóneo para empezar la rueda de prensa. Tan solo tuvo que mostrar las palmas de las manos y toda la sala quedó en el más expectante de los silencios. Sentado junto al comisario se hallaba el loco al que había detenido.

-Bien, buenas tardes- el comisario hubiera preferido que su voz hubiera sonado más cavernosa. Sin embargo, tuvo que conformarse con un tono que reflejó sin tapujos su nerviosismo-. He convocado esta rueda de prensa para confirmar lo que algunos medios han adelantado ya. El detenido, aquí a mi lado, ya no es tal sino nuestro protegido, pues ha podido demostrar su identidad. Ha sido propuesta suya la de dar esta rueda de prensa, aunque, que sea dicho de paso, yo opino que no es buena idea. Ahora, si queréis empezar con las preguntas.

Como si de una bandada de estorninos se tratara, las manos de los periodistas se levantaron al unísono agitándose al viento por ser elegidos. El comisario optó por conceder el turno de palabra a los periodistas que ya conocía.

-¿Cómo ha demostrado su identidad?- preguntó alzando la voz ante el constante ruido de las cámaras.

El comisario y su protegido se miraron sin saber qué decir.

-¿A quién preguntas?, ¿a mí o a él?- peguntó Trápaga señalando a su protegido.

-A usted, comisario.

-Bueno- Trápaga tuvo que carraspear, visiblemente nervioso, incluso azorado-, digamos que hizo lo necesario para convencernos. Pero hacedle las preguntas a él, que para eso fue idea suya convocaros a todos.

De nuevo las manos alzadas de los periodistas, desesperados por tener el honor de hacerle la primera pregunta.

-¿Es verdad que no ha querido venir en todo este tiempo por la paliza que le dieron?

El comisario se tapó la cara con la mano ante la barbaridad que acababa de oír. El protegido, aún vestido con sus ropas raídas, y descalzo, se tomó la cuestión con mucha serenidad.

-No, eso no es cierto. Creí que había quedado claro que asumí esa paliza como necesaria.

-¿Entonces por qué ha tardado tanto en volver?- preguntó otro periodista sin esperar al turno.

-Bueno, he estado ocupado.

-¿Por qué habla español?- preguntó otro.

El protegido mostró una pequeña sonrisa, reflejo de lo extraña que le había resultado la cuestión.

-¿Y por qué no iba a hablarlo? Conozco muchos idiomas.

-¿Su madre qué piensa de todo esto?

-Mi madre siempre ha apoyado todas mis decisiones. De hecho, he regresado a petición suya.

-¿Qué le parece la situación actual?

-¿De España?- preguntó el interrogado.

-Del mundo.

-Pues la veo algo complicada. Parece que no me han hecho mucho caso. No esperaba encontrármelo así, la verdad.

-¿Y qué piensa hacer?

El protegido suspiró.

-Intentaré arreglarlo, supongo.

-¿Cómo?, si puede saberse.

Iba a abrir la boca el protegido cuando el ayudante de Trápaga entró sin miramientos en la sala y corrió hasta quedar frente al comisario, dejando a todos los presentes a la expectativa.

-¿Me voy a cabrear?- le preguntó Trápaga en un susurro.

El ayudante optó por inclinarse hasta llegar al oído derecho del comisario. Los ojos de este mostraron a los presentes lo grave que debía ser el asunto. Tanto, que Trápaga se levantó como impulsado por un resorte.

-Bien, esta rueda de prensa se ha terminado.

Sin añadir una apalabra más, cogió del brazo a su protegido y lo arrastró consigo fuera de la sala. De nada sirvieron las protestas de los convocados.

-¿Pero qué sucede?- preguntó con alarma el protegido sin oponer resistencia al comisario.

-¿Que qué sucede? Usted y su feliz idea. Mire que se lo advertí.

Trápaga subía las escaleras sin darle tiempo a un respiro.

-Pero no comprendo.

-Hay una multitud ahí fuera que ha rodeado el edificio- le explicó sin detenerse-. Algunos han empezado a entrar. Esto no es lugar seguro.

-Pero es lógico que quieran verme, déjeles entrar.

-¿Pero es que no lo entiende? No todos quieren verle. Hay quien quiere agredirle. Piden su cabeza.

-¿Pero por qué? ¿Qué les he hecho yo?

-Y yo qué coño sé. Usted sabrá.

-Santo dios.

-Sí, eso digo yo.

-Quizás he estado demasiado tiempo fuera.

- Lo que sí sé es que en las calles han empezados las revueltas entre quienes le defienden y los que están cabreados. Lo que demuestra que la gente es gilipollas.

-¿Gilipollas?- preguntó el protegido sin comprender.

-Idiotas, que son idiotas.

-¿Y a dónde me lleva?

-A la azotea, ahí nos espera un helicóptero.

-¿Pero es que huimos?

-Pues claro, ¿qué pensaba? Se lo dije, mire que le dije que no era buena idea lo de la dichosa rueda de prensa.



viernes, 20 de marzo de 2015

El Arte de Alventosa

Cuentan una anécdota muy curiosa sobre un crítico de arte importante la primera vez que vio en persona "Las meninas" de Velázquez. Después de permanecer inmóvil y con los ojos fijos en la pintura dijo "¿Dónde está el cuadro?" No conozco una expresión mejor para calificar esa obra del pintor sevillano, porque, además, es así exactamente: te introduces en la escena, tú eres el representado y los personajes del cuadro son los espectadores que te contemplan. Eso fue, precisamente, lo que pensé al ver esta fotografía de José Ángel Alventosa. ¿Dónde está el cuadro?
Cuando empecé a comentar la obra de José Ángel, escribía el encabezamiento como "Las fotografías de José Ángel Alventosa". He querido cambiarlo al de ahora porque es mucho más preciso con la realidad. No es un fotógrafo; es un artista. En esta imagen en cuestión me impresiona el tratamiento del blanco y negro. Es ese tratamiento el que me ha sumergido en la fotografía sintiéndome observado por los personajes del cuadro. ¿Quién necesita el color? Las historias más bellas se han contado en blanco y negro.