jueves, 9 de febrero de 2017

JONÁS Y EL MAR (relato)



Jonás pescaba en su pequeña barca. Siempre lo hacía. Vivía de eso. Día y noche. La costa le servía de guía de noche y le entretenía la vista de día. Así, durante años. No pescaba mucho, lo suficiente para sobrevivir. Una noche, notó que su anzuelo enganchaba algo inusualmente grande. Cuanto más se resistía la pieza más luchaba Jonás. Una pieza como esa podría darle un buen dinero en la lonja. Por fin, su captura emergió agotada. Jonás creyó estar soñando. Era una mujer de rostro bellísimo.
-Por favor, no tires más. Me haces daño.
Su voz sonaba como una canción de amor. Jonás se sentía incapaz de reaccionar. Al fin, soltó la caña.
-Perdón- pudo decir.
La mujer sonrió al tiempo que sus ojos brillaron de alivio.
-Mucho mejor. Gracias. Ven, ayúdame- dijo extendiendo los brazos- Me has enganchado el anzuelo en la espalda y no puedo quitármelo. No llego.
Jonás dudó. Bajó pensativo la cabeza para luego mirar a la costa. Desde ahí podía distinguir su desvencijada casa.  Suspiró, se encogió de hombros y pensó “Bueno, no puede ser peor ”. 
Y se lanzó al mar.

domingo, 5 de febrero de 2017

A ver. Habéis superado con éxito la cuesta de enero y ahora os asalta la duda de qué leer. Yo os la resuelvo enseguida. Podéis leer “Mis ojos llenos de ti” y disponeros a reír y llorar por partes iguales porque se trata de una tragicomedia romántica muy poco al uso y que te llega al alma. Ooooo (entonar la o disyuntiva de abajo a arriba), podéis leer “La extraordinaria historia de Juan Barreto”, si lo que deseáis es meteros en una novela histórica llena de aventuras, acción, humor, terror y amor. No me preguntéis cómo lo he hecho, pero he podido mezclar todo eso, y con resultados muy cojonudos. Casualmente, ambos libros los he escrito yo y están en Amazon a unos precios realmente asequibles, tanto en e-book como en papel de toda la vida, de esos que cuando los abres lo primero que haces es oler sus páginas.

jueves, 2 de febrero de 2017

NUNCA COMAS BEICON POR LA NOCHE (relato)



En el mes que estuve en Inglaterra me pasaron varias cosas. La primera fueron mis ganas de suicidarme porque de todo el mes de julio, el sol se dignó a honrarnos con su presencia tres días. Oh, gracias, muchas gracias. La otra versión de este lamentable suceso la tienen las nubes. Luego experimenté mi prueba de iniciación con esa especie de veneno al que llaman café. También quedé como un paleto cuando en un paso de peatones me quedé pasmado mirando al coche que se había parado para darme paso porque lo conducía un fantasma, o tal vez era teledirigido por James Bond. Solo cuando me tocó la pita me di cuenta de que el conductor sí que estaba pero a la derecha. También se me quedó cara de paleto cuando pagué con una moneda de un euro pensando que era una libra. Yo qué sé. Tampoco hacía falta que me pusiera esa cara la dependienta. Pero, sin duda, mi experiencia más escabrosa fue la de comer beicon por la noche, y quien dice por la noche es por decir algo, porque ahí no se hacía de noche ni queriendo.
                Comía con mis alumnos una suculenta cena a base de beicon frito que compensó con creces mi experiencia del día con el café. Porque eso tenemos los adictos, que por muy malo que sea el café, lo tomamos, aunque sea por alzar el dedo meñique cuando nos llevamos la taza a la boca. Luego de esa cena de las seis de la tarde, pero ellos dicen noche, nos tocaba ir a la discoteca. Sesión juvenil, porque nuestros alumnos eran de doce años. Todo muy controlado por los organizadores y para los chicos siempre que tocaba discoteca era como un mundo inexplorado lleno de fanta y cocacola. Ahí estábamos mi compañera de andanzas viajeras y yo en plan cámaras de Matrix vigilando el patio cuando mi estómago, literalmente, crujió. El crack del 29 no fue nada comparado con aquello. La deposición era inminente. Le señalé que iba un momento al servicio. Bueno, lo del servicio es mucho decir porque yo no he visto en mi vida algo tan hediondo como aquellos urinarios. Hice de tripas corazón (nunca mejor dicho) y me adentré en aquel averno pestilente. Había tres baños individuales con sus puertas, pero mira tú por dónde, se les había olvidado el pequeño detalle de ponerles fechillo. ¿Y si entraba un alumno en ese momento y me veía cagando? Uff. La bomba de relojería seguía su curso hacia la inevitable explosión y yo tenía que tomar una decisión. ¿Cable rojo o cable azul?. ¿Cagar ahí o subir a la superficie y buscar algún establecimiento con baño? Elegí el cable azul y, previo anuncio preceptivo a mi colega, subí. Lo primero que hice al llegar a la calle fue respirar. ¿Así que eso era el oxígeno? Me gustó y me hubiera quedado más tiempo respirando pero tenía una prioridad mucho más importante en aquel momento. Ahí iba yo calle arriba corriendo a  pasitos cortos en plan C3PO en busca de algún bar o restaurante con un servicio que se correspondiera con mi concepto de servicio.
                Encontré un restaurante chino. Crucé los dedos y entré. Me atendió una camarera oriental que me dijo “¿Mesa para uno?” Yo le dije que no, que si podía ir al baño. No sé si me entiendo porque dijo “¿Mesa para uno?” A mí me quedaban pocos segundos para la deflagración. Me incliné en una reverencia, arrugué todo mi rostro para conseguir la máxima expresión de súplica y le dije “¡Por favooooooooooooooooooooooooooooooooor!”. O sea, “PLLLLLLLLLiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiissssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss!”
Creo recordar que incluso me salió una lagrimita. Debí darle la suficiente lástima porque me señaló unas escaleras que bajaban vete tú a saber dónde. Fui corriendo. Las escaleras estaban mal alumbradas y llenas de cajas por los lados. Pensé que me había entendido mal y me había señalado al garito de apuestas. Yo ya me veía metido en un lío de la mafia, en prisión, o algo así. Mi descomposición pudo con todo eso y abrí la puerta. Fue como si sonara el Aleluya de Haendel. En mi vida había visto yo un servicio tan bonito y limpio como aquél. Sin tiempo para sacar moralejas sobre no dejarse llevar por las apariencias o primeras impresiones, me senté al fin en el wáter. Qué sensación de felicidad, dios mío, y todo tan limpio…Fue emocionante. Cuando salí y subí las escaleras, me despedí de la camarera inclinándome una y mil veces en señal de agradecimiento. Lo curioso es que ella también se inclinaba dándome las gracias. La cultura oriental es fascinante. Bueno, y desde entonces no he vuelto a comer beicon por la noche si tengo pensado salir de casa.  Y de resto, todo muy bien en Inglaterra, salvo por lo de las gaviotas, pero eso es otra historia que vosotros mismos os la podéis imaginar sin que yo os la cuente.


domingo, 29 de enero de 2017



He visto esta fotografía en varios muros de Facebook y en todos ellos, sin excepción, los comentarios son de horror tipo “qué perdida está esta juventud”, “qué horror”, “lo que nos espera” “preparándose para el selfie” “qué desprecio por el arte”, todas por ese estilo, poco menos que el apocalipsis de la sociedad. Y me cabrea, me cabrea mucho, porque están hablando los prejuicios y las generalizaciones. ¿Cómo es posible que sepan por esa foto que es eso lo que está sucediendo?  ¿Y si han ido con el profesor (tiene toda la pinta) y este les ha pedido que busquen información sobre Rembrandt? ¿Y si llevan más de dos horas recorriendo el museo y el profesor les ha dado tiempo libre y ellos están haciendo lo que les da la realísima gana en su tiempo libre, que para eso está? Puede incluso que estén viendo las fotografías que se han sacado en el museo. Pero no, tiene que ser que desprecian el arte y lo único que les importa es lo que salga en su móvil. ¿Es que no habéis visto cómo nos comportamos los adultos en un museo? Os pongo mi caso. Después de mucho caminar y pararme frente a los cuadros constantemente, caminar, parar, caminar, parar, durante más de un hora, mis pies no aguantan más. Entonces busco un asiento y, oh, sorpresa, todos están cogidos, porque en los museos, de todos es sabido que solo hay cinco asientos, más la silla antisiesta del vigilante. ¿Y qué hay sentados sobre esos escasos asientos? En efecto, adultos, y la mayoría están mirando sus móviles. Yo les dirijo una mirada de rabia disfrazada de impaciencia porque lo que quiero es que se levanten para sentarme yo, como en los restaurantes sin mesas libres, o como en las revoluciones, y cuando por fin logro sentarme, lo primero que hago es sacar el móvil y distraerme para liberarme un poco del síndrome de Stendhal que se supone nos tiene que dar en un museo. ¿Significa eso que desprecio el arte? Pues para muchos que ven esta imagen eso es lo primero en lo que piensan. No dan ni el beneficio de la duda.


jueves, 26 de enero de 2017

LAS DOS GRANDE FRASES QUE TODA PERSONA DEBE DECIR AL MENOS UNA VEZ EN LA VIDA (relato)



Hay dos grandes frases que siempre he querido decir: “¿hay algún médico a bordo?” y “siga a ese coche, rápido”
La primera ya la cumplí. Tuve la oportunidad de decirlo, aunque sobre mí mismo. Cuando estábamos a punto de subir al avión de regreso a casa, empecé a temblar como Robert de Niro en “Despertares”. Temblores incontrolables y escalofríos. Sonreí a las azafatas de la puerta apretándome los brazos en los sobacos, para que no se notaran mis temblores, y nos sentamos. Como soy algo hipocondríaco (los que me conocen subirían algunos grados más esta apreciación) y los temblores iban a más, pues pensé en una muerte inminente. Le dije a mi mujer que creía que no sería buena idea hacer ese viaje, que menudo engorro estar viajando con un cadáver durante tres horas sin posibilidad de hacer escalas. Toqué el botoncito y cuando llegó  la azafata tuve mi gran momento “¿hay algún médico a bordo?” le pregunté entre temblores. Me supo a gloria.  Lo gracioso es que me preguntó “¿para qué?” “Para jugar una partida de ajedrez con él, ¿para qué va a ser?” Como quiera que la mayoría del personal de los aviones no tiene mucho sentido del humor, probablemente por aguantar a grinchs como yo, la azafata arqueó solo una ceja, tipo Sean Connery, y se fue para volver al poco con el comandante (nada menos que el comandante, yo ya iba a lo grande), que me volvió a preguntar lo mismo. Me abstuve de disimular mis temblores ante quien tomaba las decisiones serias en la nave y decidió  que fuéramos a la puerta para examinarme por un doctor que ya se había desenmascarado de entre los pasajeros. Al pasar entre estos y ver que todos nos miraban tuve unas terribles ganas de decirles “Es contagioso”, pero me contuve.
Le dije al doctor que además de hipocondríaco era hipertenso. Dictó sentencia de inmediato: “es la tensión, que se le ha subido”, aunque yo no notaba nada de eso. Me llevaron en ambulancia a urgencias de Barajas, mientras mi mujer iba a sacarnos otro vuelo y recuperar nuestras maletas (esa historia también es muy buena). No recuerdo el viaje en ambulancia, no está en mi memoria. De pronto, estaba en una camilla de urgencias con una doctora tomándome la temperatura: 41 grados. Pero yo estaba de lo más chistoso; supongo que formaba parte del delirio. Me puse a decirle que había dicho una de las dos grandes frases que toda persona debía de decir al menos una vez en la vida. Qué coñazo le tuve que dar con eso. Mientras, sonaba el teléfono llamándonos desde el mostrador donde estaba mi mujer preguntándole a la doctora si yo estaría en condiciones de viajar al día siguiente. La doctora me miró con cara de circunstancias y yo le dije que había dicho una de las dos grandes frases, etc, etc.
 Volamos al día siguiente, supongo que porque la doctora no quería aguantarme más, me pinchó dos inyecciones de no sé qué y me firmó el alta. Cuando lo pienso en frío, no quiero ni pensar el cabreo de los pasajeros por el retraso que tuvieron por sacarnos las maletas de la bodega. Y lo que es peor: este episodio mío fue tan solo unos pocos meses antes de la crisis del ébola. Menuda cuarentena le hubiera caído a los del avión. Me hubieran odiado mucho más que a Melendi.



domingo, 22 de enero de 2017



La primera película que me hizo llorar de miedo, que me hizo salir corriendo de la sala, renegar del cine y chillarle a mi hermano por haberme entrado a ver esa película fue “Almas de metal”. Yo debía de tener unos cuatro o cinco años. Desde entonces le tengo mucho respeto a su actor, Yul Brynner. De hecho, aun después de venerarle cuando le vi en los siete magníficos y otras películas maravillosas, creo que hoy sería incapaz de verla. La infancia es como la memoria de un elefante.