sábado, 14 de marzo de 2015

REFLEJOS DE UNA INCOMPETENCIA

Cuando todavía vivíamos los ecos del intento de involución rancia y cutre del ochenta y uno, Luis recibió una visita del todo inesperada. Para ser más exactos, la visita en sí poco tuvo de inesperada pues el cartero llamaba a su puerta, al menos, una vez al mes con las típicas facturas y recibos. Lo que tuvo de sorpresivo, de impactante, de desconcertante (y así podría seguir con decenas de calificativos sin temor a quedarme corto), lo que, en definitiva, hizo temblar los cimientos de su vida, y de su familia, fue lo que para él llevaba ese día el funcionario de correos.

Luis era un pequeño empresario hecho a sí mismo. Sus sueños de vivir en libertad se habían ataviado con un pesado manto de responsabilidades desde que tuviera su primer y único desamor. El golpe había sido duro pero había sabido levantarse, volver a enamorarse, casarse, tener dos hijas (en aquel momento en edad de riesgo social) y caminar con rumbo seguro hacia una jubilación en la que esperaba ponerse al día con todas las lecturas atrasadas. Sí, diríamos que Luis había conseguido algo que podríamos definir como felicidad conformista.

-Luis, ¿abres tú?, yo estoy con la lavadora.
-María, yo tampoco puedo ahora.

Luis quiso replicarle a su esposa que él estaba con la mirada fija en la cafetera y que no podía desatenderla, pero, ante la insistencia del timbre (y por no volver a oír a su esposa), puso el fuego al mínimo y se dirigió a la puerta.

-Buenos días, don Luis- le saludó el cartero con su habitual sonrisa.
-No es primero de mes- le contestó descuidando sus modales.
-Lo sé, lo sé, no traigo facturas- abrió su saca de cuero para coger un sobre de aspecto mustio-. Tenga- y se lo ofreció-. Con las disculpas de Correos.
Luis cogió la carta con desconfianza.
-¿Qué significa esto?
-Pues que llevaba perdida en nuestras oficinas veinte años nada menos, pero, finalmente, ha aparecido. Espero que no fuera nada importante. Lo dicho: nuestras disculpas y que pase un buen día.
El cartero se retiró con la astucia, y discreción, de quien no quiere volver a ser interpelado, quedando Luis con la vista fija en el remitente del sobre. No podía creerlo, simplemente, no podía creerlo. Hubo de apoyarse en la puerta para encajar el golpe. Tras unos segundos en los que creyó desmayar, se recompuso y regresó a la cocina. Se sentó pensando si debía abrir la carta, sintiéndose como un artificiero de explosivos ante una bomba. ¿Cable azul o cable rojo? Un sudor frío empezó a deslizarse por sus mejillas. La abrió.

“Hola, Luis, mi amor. La verdad es que no sé bien cómo empezar esta carta. Supongo que debería empezar por disculparme. Lo haría por teléfono pero, que yo sepa, sigues sin ponerlo. Tienes que entenderme: tu propuesta me cogió por sorpresa. No me lo esperaba. Por supuesto que te amo, pero irnos así, a vivir la vida, sin ataduras, fue algo que no supe asimilar bien. Me educaron para ser esposa y madre de mis hijos, Luis, entiéndelo. Pero he reflexionado todas estas semanas y ahora sé bien lo que quiero. Te quiero a ti y anhelo con todas mis fuerzas esa libertad de la que tanto me hablas siempre. Deseo tenerte a mi lado, deseo que seas el amor de mi vida. Entiendo que estés tan molesto conmigo que no desees contestarme. Así lo entenderé si no recibo una carta tuya o no vienes a verme. Estaré en casa de mis padres, esperándote. Solo tienes que coger el tren; además, tengo una sorpresa para ti. Tuya, Susana”.

Las manos de Luis temblaban. Su corazón se había acelerado con cada palabra que leía. Las primeras lágrimas empezaban a salir cuando oyó los pasos de su esposa.

-¿Quién era, cariño?
Luis dudó si debía esconder la carta. Optó por permanecer inmóvil, aportando a su mirada toda la naturalidad que podía, aunque para eso tuvo que restregarse los ojos simulando una picazón inesperada.
-El Cartero.
-Qué raro, no es primero de mes.
-Eso le dije yo.
-¿Y qué es?
-¿El qué?
-¿Qué va a ser?, la carta que tienes en las manos.
Luis creyó que su garganta se había bloqueado.
-Publicidad- dijo al fin-. Una enciclopedia o algo así.

En ese momento, la cafetera empezó a reclamar la atención de los presentes.


martes, 10 de marzo de 2015

GRACIAS, MI AMOR (relato)

Gracias, mi amor
Qué tenso el silencio. Siempre lo era cuando discutían, y más si iban en el coche. Lorenzo conducía; miraba al frente, evitando la mirada de su esposa, quien, cruzada de brazos, esperaba cualquier palabra de su marido para rebatírsela. Ambos sabían que tras las riña llegaba la reconciliación, con arrumacos y caricias, aunque no en el coche, no al menos mientras estuviera conduciendo.

Aquella noche el silencio estaba siendo más prolongado de lo habitual.

-¿Es que no vas a decir nada más?- Le espetó su esposa-, ¿te vas a quedar callado todo el camino?
-¿Y qué quieres que diga? Ya lo has dicho todo tú- respondió él sin mirarla.
-Ya estamos con tus palabritas de siempre, como si yo aquí tuviera la última palabra en todo, ¿no?-Lorenzo no le respondió- ¿no? Habla, por dios, di algo.
-No sé qué decir- dijo al fin.
-Pues, entonces, despierta- le ordenó ella.
-¿Cómo dices?
-Que despiertes.
-¿Pero qué tonterías dices? Estoy despierto.
-Que no, hombre, que no, que no estás despierto.
-Que te digo que sí.
-¡Que despiertes de una vez!

Lorenzo despertó justo a tiempo de dar un volantazo y esquivar así el coche que le venía de frente. Con el corazón a punto de escapársele por la boca fue reduciendo la velocidad para detenerse en la cuneta. Respiró profundamente, como si lo hiciera por última vez y miró al asiento vacío del copiloto.

Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue acercarse al dormitorio. La puerta estaba cerrada. Dudó en abrirla. Llevaba casi tres semanas sin entrar. Por fin, la abrió. Todo seguía tal y como lo había dejado la última vez, tal y como le gustaba a ella. Se sentó en la cama y miró la fotografía de ambos sobre la mesilla de noche. Sonreían. Eran felices. Lorenzo cogió la fotografía y acarició la imagen de su mujer.

-Gracias, mi amor- dijo con la voz quebrada por el llanto.



sábado, 7 de marzo de 2015

MI PASIÓN POR GOYA

Adoro a Goya. Lo idolatro. Nada hay en su obra que me desagrade. Me apasiona su vida, lo que vio, lo que amó, lo que odió. Incluso le perdono que le gustasen los toros. Fue testigo excepcional de la historia, y no de una historia cualquiera, sino una llena de pasiones, violencias, incompetencias, vergüenzas y decepciones; la historia de España, vamos; para ser más concreto, los reinados del rey ilustrado Carlos III, del inepto de su hijo, Carlos IV, y del impresentable de su nieto, Fernando VII. Por si fuera poco, vivió la Guerra de la Independencia contra los franceses y eso le pasó factura. Todo lo pasó factura. Su sordera también. Luces y sombras.
Cuesta creer que el autor de El quitasol sea el mismo que el de Saturno devorando a sus hijos. ¿Cómo puede transformarse tanto el estilo de un artista? ¿Qué ha debido pasar en su mente para que la más dulce alegría torne en el más absoluto horror? ¿Era así como se sentía? Quizás por eso se autorretrató en tanas ocasiones. Si hiciéramos el ejercicio de contemplar en orden cronológico sus autorretratos comprobaríamos cómo su alma se la iba escapando con los años, agotado, pero, sobre todo, decepcionado, ¿de España?, ¿de los españoles?, ¿de sus reyes?
Para mí fue todo un gustazo hacerle aparecer en mi novela “La extraordinaria historia de Juan Barreto”. Lo cierto es que disfruté como un niño dándole vida, poniéndole mis palabras en su boca, haciendo que mis deseos fueran los suyos.
Para la nostalgia, y para cualquier videoteca que pretenda ser tal, queda la maravillosa serie que Televisión española hiciera sobre su vida en 1985. De hecho, cuando me imagino a Goya le pongo el rostro y la voz de Enric Majó que, con su enorme talento, dejó una interpretación para la historia.

 


miércoles, 4 de marzo de 2015

LA CARRERA DEL SIGLO

De vez en cuando, me apetece hablar de cine. Al fin y al cabo, es mi otra gran pasión.
Hay películas que me gustan no solo por su valía en sí sino por los recuerdos que me traen. Es el  caso de “La carrera del siglo” (1965). Cuando la veo pienso en esas sesiones de tarde maravillosas que nos ofrecía Televisión Española, cuando todavía la televisión era digna de ver. Recuerdo a mis hermanos y a mí desternillándonos de risa con esta película, en especial con el profesor Fate (magistral Jack Lemmon); recuerdo, un poco más tarde, cuando mis amigos cinéfilos y yo salíamos de fin de semana, o  nos reuníamos para jugar a las cartas y siempre brindábamos como lo hacía el alcalde del pueblo del oeste donde hospedaban a los pilotos; o usábamos nuestro grito de guerra “Necesito espacio para luchar” o imitábamos al príncipe afeminado (también magistral Jack lemmon). De vez en cuando nos enviamos algún mensaje por el móvil recordando esas frases.
Es una película de una simpleza que asusta: una carrera, de Nueva York a París; pero es que pasan tantas cosas en ese largo recorrido y son todas tan divertidas... ¿Y ese maravilloso Toni Curtis en su papel de El gran Leslie, al que todo le sale bien? ¿Y la absolutamente adorable Natalie Wood en su papel de periodista sufragista? Por encima de todos ellos, el inefable y maligno profesor Fate y su ayudante Max (Peter Falk). “Max, aprieta el botón”, es otra de las frases que gritábamos en nuestras noches de fiesta.
La esencia de este film tiene mucho de dibujo animado, de hacerse la puñeta a toda costa y que resulte divertido, de ponerte del lado del malo para que, de una vez, le salga algo bien, aunque sea hacer el mal. De hecho, esta película inspiraría años más tarde los personajes de Hanna- Barbera (que siempre pensé que eran una mujer) de “Pier no doy una”, “la señorita Penelope”, etc, de su serie “Los autos Locos”
¿Y qué decir de la música compuesta por Henry Mancini? Otra maravilla. Cuántas colaboraciones fantásticas nos dejó este tándem que formaban Mancini y Edwards, el director de la película.
Cuánta maestría reunida en un film. Me están entrando unas ganas locas de verla de nuevo.

 



jueves, 26 de febrero de 2015

ESFUERZO PATERNO (relato)

“Érase una vez que se era un reino donde la alegría y el consuelo anidaban a partes iguales en los corazones  de sus habitantes”

-¿Por qué, papá?
-Sí, ¿por qué? ¿Era el cumpleaños de la princesa?
-No, nada de cumpleaños, que salen muy caros.
-¿Qué?
-Nada, nada, vosotros escuchad.

“El motivo de tanta alegría era nada más y nada menos que la victoria en la guerra”

-¿Contra el Team Rocket?
-¿Contra quién?
-Son enemigos de los Pokemon.
-No, nada de Pokemon. ¿Y tú ahora por qué lloras, cariño?
-No me gustan las guerras.
-Pero esta ya acabó y ganaron los buenos.
-Pero, papá, no nos cuentes el final.
-Pero si he empezado por el final.
-Jo, qué rollo de cuento.
-Vosotros esperad, que ya veréis que la cosa se pone buena.

“El rey había vencido al monarca vecino, que con su avaricia había querido poseer más tierras”

-¿Qué es avaricia?
-Vale, lo cambio, lo cambio.

“El rey había vencido al rey vecino que era muy malo”

-¿Muy malo?
-¿Cuánto de malo?
-Muchísimo. El más malo de todos, horroroso, espantoso. ¿Y ahora qué te pasa?
-Tengo miedo.
-¿Pero por qué?, si  no es de miedo.
-Has dicho que era espantoso. No quiero escuchar más.
-No, ya verás que no es de miedo. Mira a tu hermano, el no tiene miedo.
-Pero el otro rey es malo, ¿no?
-Sí.
-Y le venció, ¿no?
-Sí.
-¿Y ya está?
-No, claro que no. Acabo de empezar. Oh, a ver cuándo vuestra madre cambia el turno en el hospital.
-¿Qué?
-Nada.

“Pero la gente no solo era feliz por la victoria; todos coincidían en mostrar su asombro”

-¿Por qué?
-Cariño…Te juro que te lo voy a contar ahora mismo.
-Vale.

“No se asombraban porque el rey condecorara a los más valientes de sus soldados. Se asombraban porque el más alto honor de esta guerra se lo había concedido a la institutriz de su hijo”

-Vale, ok, no hace falta que me preguntéis. Comprendo vuestras miradas. Una institutriz es como una profesora que atiende a solo un niño, en este caso al hijo del rey.
-¿Y no tiene que ir al cole?
-No, claro, le da las clases en el castillo.
-Qué guay.
-Un enorme castillo que…
-¿Y no tiene amigos?
-¿Quién?, ¿el hijo del rey? No lo sé, ¿por qué?
-Porque no va la a la escuela.
-Pues…supongo que no; la verdad es que no lo había pensado. ¿Vuelves a llorar?
-Es que no tiene amigos.
-Sí que tiene.
-Tú has dicho que no.
-Claro que tiene, que sí…su, su, institutriz es su mejor amiga. Va con él a todos lados. ¿Mejor?

“El caso es que la institutriz recibió la medalla más importante”

-¿Y sabéis por qué? Vaya…ahora no preguntáis.

“La gente sí se lo preguntaba; vaya que sí. ¿Cómo es que una simple profesora era premiada con esa distinción si ni siquiera había luchado en la guerra?”

-Hizo trampas.
-¿Cómo?
-Si no fue a la guerra tuvo que hacer trampas.
-No, claro que no hizo trampas. ¿Por qué os iba a contar un cuento donde se gana con trampas?
-¿Qué?
-Nada.

“Para entenderlo, tendríamos que retroceder unos cuantos años en el tiempo”

-¿Cuántos?
-¿Cuántos qué?
-¿Cuántos años?
-Pues no lo sé, unos cuantos…El príncipe era un crío como vosotros

“La anciana institutriz, que tantos años había servido a su rey, debía retirarse y descansar, de modo que el rey buscó una nueva para su hijito”

-¿Y la reina?
-¿Qué le pasa?
-¿Dónde está?
-Y yo qué sé.
-Es que nunca la nombras.

“El rey y la reina, vieron muchas candidatas a institutriz, pero ninguna les convencía”


-¿Por qué?
-Francamente, no lo sé.

“Hasta que por fin encontraron una. La reina no estaba muy de acuerdo con la elección de su esposo, pero éste le decía que no había que buscar más. Incluso los habitantes de su reino quedaron sorprendidos cuando lo supieron”

-¿Por qué? ¿Era muy fea?
-sí, ¿Era muy fea?
-No, claro que no. ¿Y qué si era fea? Chicos, recordad que la belleza siempre está en el interior.
-Eso es lo que dicen los feos.
-¿Pero qué dices? ¿Quién te ha enseñado eso?
-No sé.

“No. La institutriz no era fea. Había sido expulsada del reino vecino, el que años más tarde empezaría la guerra”

-Por fea, la echaron por fea.
-Que no.

“Cuando el rey supo el motivo por el que la había echado su vecino la aceptó de inmediato, pese a la negativa de su esposa”
“Ya verás- le dijo- llegará un día en que esta institutriz nos salvará”
“La reina aceptó la decisión de su esposa, y el príncipe creció sano y felizmente educado por la institutriz. Esta informaba puntualmente a sus padres de los progresos de su hijo, pero también de sus defectos”

-Como hace nuestra profesora.
-Exacto, eso es, muy bien. Veo que estáis entendiendo el cuento.
-La chivata.
-Pero, hijo, ¿qué dices? ¿Cómo que chivata?
-Sí, lo cuenta todo.
-Pero es su trabajo. En fin, sigo.

“El rey escuchaba atentamente todo lo que le decía la institutriz y trataba de corregir a su hijo como buenamente podía”

-Era el rey, su hijo tenía que obedecerle.
-Cariño, cada padre es un rey en su casa.
-¿Entonces tú eres un rey?
-No exactamente…
-¿Eres rey o no eres rey?
-Era, era una metáfora, por dios.
-¿Una qué?
-Sigo.


“De modo que el príncipe llegó a la mayoría de edad como un buen hijo que todo lo compartía con sus padres. Apenas discutían y siempre trataban de entender sus puntos de vista. Cuando estalló la guerra con rey malo, el príncipe luchó junto a su padre hasta la victoria final. Sin embargo, el otro príncipe discutió cada una de las órdenes de su padre…”

-¿Sí, cariño?
-¿Cuántos príncipes hay?
-Dos, hay dos. Tienes razón, no había hablado del otro príncipe. Joder, qué difícil es esto.
-Has dicho una palabrota.
-No, qué va, es del cuento.
-Se lo voy a decir a mamá.
-¿Ah, sí? ¿Quién es la chivata ahora? Ja. ¿Y ahora por qué lloras?
-Yo no soy ninguna chivata.
-Claro que no, cariño mío, claro que no. No me hagas caso.
-Eres una chivata, eres una chivata.
-Cállate hijo, por dios.

“El rey malo tenía un hijo que había sido educado por nuestra institutriz hasta que la echaron. Ese príncipe, el dey rey malo, no el dey rey bueno, había crecido muy malo”

-Como su padre.
-Exacto, muy bien.

“Pues cuando llegó la guerra, el rey malo y su hijo discutieron por todo, hasta que el hijo fue contra su padre. Eso lo aprovechó el rey bueno para ganar la guerra. Y todos fueron felices y comieron perdices”

-¿Y la institutriz?
-Ostras, es verdad.
-No me gusta comer perdices. Las perdices son animales buenos.

“Cuando el rey condecoró a la institutriz le recordó a su esposa las palabras que le había dicho cuando la aceptaron en la tarea de educar a su hijo”
“¿Y por qué, amado esposo, padre de mi hijo? ¿Por qué lo sabías?’”

-Sí, ¿por qué?
-Por fea.
-Y dale con la fea.

“Cuando hablé con ella por primera vez- le contestó el rey- le pregunté los motivos por los que le habían echado del reino vecino y me dijo: “Por decir la verdad; yo siempre digo la verdad” “¿Y qué fue lo que le dijiste para que no quisiera verte más?- le preguntó el rey- “Le dije que su hijo era un chiquillo maleducado que necesitaba dos buenos azotes y que si quería se los daba yo mismo”
“Desde ese momento- le dijo el rey a la reina- supe que era la institutriz perfecta para nuestro hijo, y no me equivoqué”

-¿Qué?, no está mal el cuento, ¿eh?
-¿Pero ya acabó?
-Claro.
-¿Y el príncipe hizo más amigos?
-¿Qué?, no sé. ¿Pero es que no habéis entendido el cuento?
-No.
-Yo tampoco.
-Pues qué raro porque me lo contó vuestra profesora.















jueves, 19 de febrero de 2015

EN LOS LÍMITES DE LA REALIDAD (relato dialogado)

Cuando el guardia civil le ordenó pararse en la cuneta,  Mario creyó sufrir el mayor susto de su vida. La Benemérita siempre le había despertado mucho respeto y, como todos, levantaba presto el pie del acelerador cuando intuía la presencia de uno de sus coches patrullas. A medida que veía aproximarse al agente, apretaba el volante compulsivamente. Debía mostrarse sereno; después de todo, él no había hecho nada.

                -Buenas noches- le saludó el agente, acompañando sus palabras con el típico gesto militar- ¿Sabe usted por qué le he parado?
                Mario le miraba impresionado; no podía evitar fijarse en el bigote reglamentario del guardia civil. ¿Por qué lo llevarían todos?, se preguntaba.
                -Pues la verdad es que no, pero ya que lo menciona, es que llevamos un poco de prisa y si no le importa…
                El agente ignoró de plano la reivindicación del conductor. Demasiadas veces había oído lo mismo.
                -Iba usted dando bandazos. ¿Ha bebido?
                Los ojos parecieron saltárseles de las órbitas al pobre Mario.
                -¿Quién?, ¿yo? En absoluto. Es que iba discutiendo con mi esposa, pero nada serio, no crea…
                -Ah, ¿que iba hablando por el móvil?
                Ahora sí que Mario no entendió nada.
                -¿Perdón?, ¿Por el móvil?
                -Ha dicho que discutía con su esposa.
                -Claro, pero es que mi esposa está aquí. Salúdale, cariño, por favor- dijo volviendo el rostro hacia el asiento del copiloto.
                El agente sonrió tratando de mantener la paciencia.
                -¿Cómo ha dicho?
                -Que mi mujer está aquí. Discutíamos por tonterías, ¿verdad cariño? Y…
                -Espere, espere, espere- el agente dejó pasar unos segundos que a Mario se le antojaron eternos- ¿Me está tomando el pelo?
                Mario creyó que su estómago se le volcaba.
                -Pues claro que no. Nunca se me ocurriría algo así. No, por dios, ¿Por qué lo dice?
                -¿En serio me lo pregunta?
                -Sí, claro. Si he dicho algo que le haya podido ofender, le ruego que me disculpe.
                -Algo que me ofenda- repitió incrédulo- Tiene huevos la cosa. Todavía me dice que si me ha dicho algo que me ofenda. Ande, salga del vehículo.
                Mario tembló.
                -¿Pero por qué?
                -Mire, ya está bien la bromita.
                -¿Pero qué bromita, por dios?
                El agente se calmó y sonrió condescendiente.
                -Está bien, está bien. ¿Quiere jugar?, Juguemos. Dice usted que discutía con su mujer, ¿no es así?
                -Sí, claro, ¿verdad, cariño?- y miró a su derecha.
                -Y que no lo hacía con el móvil
                -Pues claro que no, ¿no ve que mi mujer está aquí?
                El agente desvió la vista cansado de la conversación.
                -Ya está otra vez. ¿Usted se burla de mí o es que está loco?
                -Ninguna de las dos cosas- dijo empezando a alterarse.
                -Está bien, si lo quiere así: ¿No ve que ahí no hay nadie?- dijo refiriéndose al asiento del copiloto.
                Mario quedó petrificado por unos instantes.
                -¿Cómo dice?
                -Sí, sí, sí. Ya está bien de tanta burla. Venga, salga del coche.
                -Oiga, por favor, que mi esposa está aquí conmigo. Le saludó antes y le saluda ahora también. Por favor, cariño, dile algo, rápido, que esto no es normal- y volvió a mirar al agente-¿Ve? ¿Satisfecho? Ahora, ¿sería tan amable de dejarnos continuar?
                El agente empezó a alterarse también.
                -¡Pero será posible! ¿Es que insiste?
                -¿En qué, dios mío? Si mi esposa está aquí. ¿No será usted el loco?- y miró rápido al asiento del copiloto- No, mi amor. Nos tenemos que poner en nuestro sitio; me da igual lo que me pase.
                -¿Me llama loco?- protestó el agente.
                -No se lo llamo, se lo pregunto.
                -Mire, ya está bien. Fuera de una vez, fuera la digo- le gritó.
                Mario tragó saliva.
                -Espere, espere, le diré lo que haremos.
                -Aquí solo se hace lo que yo digo. Está usted faltando a la autoridad.
                -No, espere, se lo ruego, escúcheme un momento. Ustedes siempre van en pareja, ¿verdad? Dígale a su compañero que venga, a ver si él tampoco ve a mi esposa. Oh, esto es de locos, desde luego- dijo mirando a su derecha- por favor, agente, hágalo.
                El agente suspiró cansado. Miró hacia atrás y gritó.
                -¡Ramírez!- y le hizo un gesto para que se acercara.
                Ramírez salió del coche y se acercó a su compañero.
                -A la orden, mi sargento.
                -Ramírez-le dijo en voz baja, aunque no lo suficiente como para que Mario no lo oyera-, tenemos aquí un chiflado. No sé si sería mejor llamar directamente al hospital. Echa un vistazo.
                Ramírez se inclinó para mirar en el interior del coche.
                -Señor- saludó a Mario-, señora- se incorporó y miró a su superior-. No veo nada extraño, mi sargento.
                El sargento sintió un frío helado que le subió por la espalda hasta la nuca.
                -¿Cómo has dicho?- preguntó con temor.
                -Que no veo nada extraño, señor.
                -No, no, antes. Has saludado a dos personas.
                -Claro, mi sargento, al conductor y al copiloto. Imagino que será su esposa.
                Las manos del sargento empezaron a temblar. Mario no pudo evitar mirarle con cara de satisfacción.
                -¿Qué?- le dijo al sargento-¿quién es el  chiflado ahora?


sábado, 14 de febrero de 2015

TALLER DE ESCRITURA (reflexión literaria)

TALLER  DE ESCRITURA (reflexión literaria)

Si alguien tuviera la osadía de pedirme que impartiera un taller de escritura tendría que decirle irremediablemente que no; eso sí, con mucha educación. Claro que pudiera ser que ese taller durara la nada despreciable cantidad de tiempo que son cinco minutos. En ese caso, le diría que soy la persona que está buscando. Sin ningún ánimo de rebajarme la modestia a la altura de los tobillos ni de resultar pretencioso, ¿qué puedo enseñar yo a nadie sobre escribir? No sigo ninguna norma ni canon establecido por los consagrados (que yo sepa), tampoco sigo  ninguna escuela, no tomo notas (jamás), ni trabajo con esquemas. No uso una pizarra donde colocar a los personajes y sus evoluciones. Escribo por intuición y sirviéndome de mi memoria residual. De modo que mi taller quedaría a expensas de cuatro pequeños consejos que sí que es verdad que llevo a rajatabla: no empezar una novela si no conozco previamente su final; escribir todos los días, una hora, o el equivalente a una hoja de Word; leer literatura del siglo XIX y ver muchas películas, a ser posible en el cine. Los digo seguidos y no me llega ni a cinco minutos. Los alumnos del taller se me quedarían mirando pasmados, preguntándose si les han estafado.

Bueno, profundicemos un poco en estos consejos, a ver si puedo estirar unos minutillos más.
Lo de no empezar una novela si no conozco su final no es algo que me lo proponga; es que, simplemente, no puedo avanzar si no sé a dónde voy, cuál es el destino de los personajes, etc. Hay quien pueda decirme que, de este modo, coarto la libertad de la historia que estoy contando, que no me dejo llevar, y lo más probable es que tengan razón. Yo a mi creación le doy toda la libertad que deseo, siempre y cuando me conduzca al final que le tengo previsto.

Escribir todos los días es una cuestión de disciplina. Si mi ocupación principal no fuera la enseñanza (ni ninguna otra) seguramente esto de escribir me lo tomaría con más calma. El tener el tiempo tan absorbido por mi profesión hace que me discipline con la escritura dedicándole siempre un ratito (una hora) al día. ¿Y si no tengo inspiración ese día? No importa, escribo, aunque lo que escriba no sirva para nada. ¿Y si me sobra la inspiración ese día y me apetece continuar escribiendo? No lo hago pues me quitaría tiempo del resto de mis ocupaciones; además, así me queda inspiración para el día siguiente.

Leer literatura del siglo XIX. Esto es muy, pero que muy subjetivo. A mí me funciona ( y se lo debo a la insistencia de mi hermano). Cuanto más bebo de la inagotable fuente de esa centuria, más seguro y completo me siento como escritor.

Ver muchas películas. Esto es fundamental; de todas las épocas, países y géneros posibles, incluidas las películas de animación. ¿Para qué? ¿Con qué parte del proceso creativo de un escritor puede estar relacionado amar el cine? Con el ritmo. Lo dominarás, lo harás tuyo; sabrás lo que tiene que ocurrir cuando tenga ocurrir; sabrás cuándo deben aparecer los giros de la trama y cuánto ha de durar cada parte de la novela. Nadie dirá de mis novelas que le han aburrido, que no tienen ritmo. Dirán que no conectaron con los personajes, que la temática no les atrajo, que no les agradó el final, pero nunca que no tienen ritmo.

Visto así, habiendo profundizado un poco en estos consejos, puede que sí me dé para un taller de un horita, pero poco más. Luego café y tertulia.