No hay manera: cada vez que oigo sonar el reloj de la torre de alguna iglesia, con esa peculiar y breve melodía que marca las en punto, me viene a la cabeza "Regreso al futuro". Es automático, instintivo, un acto reflejo de mi baúl de los recuerdos, un mecanismo neuronal que se acciona al mismo tiempo que ese reloj. Y entonce sonrío, y mi sonrisa me provoca una ligera relajación en mi cuerpo porque, por un instante (un milicentón, que diría Starback), viajo a Hill Valley y estoy con Marty Mcfly. El bienestar que me genera esa reacción en cadena me dura todo el día, tal es la influencia que esa película ejerció en su momento en mi vida. Llevo a todos sus personajes en mi corazón. Podría recitar sus diálogos de memoria, incluso en inglés. Como adolescente inseguro que era, me sentí contagiado, invadido, por la autoestima de Marty Mcfly. Como soñador irrefrenable que he sido siempre, me enamoré de la capacidad de soñar del doctor Emmet Brown. Quizás haya sido él, en realidad, el que ha mantenido siempre viva en mí la llama de la escritura. Quizás por eso nunca he dejado de escribir. Todos tenemos nuestra propia máquina del tiempo en nuestro interior, y es ella la que nos impulsa a seguir adelante.
viernes, 3 de octubre de 2014
miércoles, 1 de octubre de 2014
Tengo algo que deciros (breve relato familiar)
-Acercaos
todos, tengo algo que deciros.
Aquellas
palabras habían salido de la boca del
viejo y millonario señor Mora; con mucho esfuerzo, todo hay que decirlo,
pues se hallaba en su lecho de muerte. Horas le pronosticaban los médicos. Sus
más allegados le acompañaban en momento tan fatídico, sorprendiéndoles que el
enfermo aun pudiera reunir las fuerzas suficientes para poder hablar. La
familia acudió en tropel, atraídos por las más que probables últimas palabras
del moribundo.
El señor Mora
batió los ojos de un lado a otro, pues incapaz era de mover el cuello,
comprobando que sus familiares habían acudido a su llamada. Satisfecho con el
resultado, preparó sus pulmones para una nueva frase.
-Os he engañado
a todos- dijo con la voz carrasposa, y lo dejó ahí. Diríase que su deseo no era
otro que observar el impacto de su noticia en los presentes.
Su hijo mayor
quedó aterrorizado, aunque procuró no exteriorizarlo. ¿Se estaría refiriendo al
fondo de inversiones en el que le había aconsejado meterse? Le dijo que era un
negocio seguro; de hecho volcó todo su
capital en aquella inversión. En los últimos años no se había llevado muy bien
con su padre, pero ¿le habría guardado el rencor suficiente como para llevarle
a la ruina con una falsa información? ¿A él?, ¿a su propio hijo?
La esposa del
señor Mora no pudo evitar llevarse la mano derecha a la boca. Su marido le
había jurado y perjurado que ella sería le heredera principal tras su muerte.
Incluso le había visto con sus propios ojos firmando el testamento. ¿Lo habría
cambiado a sus espaldas? ¿Por quién?, ¿por el desagradecido de su hijo y su
soberbia nuera?, ¿por su secretaria, tal vez? Ya antes de caer enfermo le había
asegurado que las aventuras con sus secretarias habían llegado a su fin, que
solo estaba ella en su vida, su compañera fiel durante todas aquellas décadas.
La nuera del
señor Mora le miró como le miraba siempre, por encima del hombro. La noticia no
le sorprendió, aunque desde luego hizo sus cábalas sobre el engaño anunciado,
llegando a la conclusión de que su última voluntad era la de reírse en sus
caras tras señalarles que desheredaba a
todos.
La nieta del
señor Mora se mordió contrariada el labio inferior. Su abuelo le había
prometido el Ferrari rojo cuando él ya no estuviera. ¿Se habría echado atrás?
Su abuelo siempre se lo había consentido todo. No era justo que ahora le
hiciera esa jugarreta, y encima delante de sus padres. Además, todos sus amigos
ya contaban con el coche. ¿Con qué cara se los diría? ¿Cómo soportar tanta
vergüenza?
El señor Mora,
por su parte, sonrió satisfecho al ver los rostros tensos y ansiosos que había
conseguido al llamarles.
-Acercaos, más,
diantre, que ya no me queda aliento- se quejó.
Inmediatamente,
sincronizados, alongaron sus cuerpos alrededor de la cama para escucharle
mejor. El moribundo tomó aire consciente de que se disponía a hablar por última
vez. Incluso se relamió como si se encontrara frente a su plato favorito. Al
fin, habló.
-No soy alérgico
a los mariscos-los allí reunidos se miraron como idiotas para comprobar que
habían oído lo mismo-. Nunca lo he sido. Nunca he soportado su sabor asqueroso
y su olor nauseabundo. Por eso simulé ser alérgico ¡Ja!
Y murió.
domingo, 28 de septiembre de 2014
La Primavera, de Edvard Munch
viernes, 26 de septiembre de 2014
martes, 23 de septiembre de 2014
Michael Dios Caine

Michael Caine es el actor de mi vida. No lo sé, quizás sea porque ya era el actor preferido de mi madre, que jamás consiguió pronunciar bien su nombre. Para ella era Miki kein, y así se quedó. Para mí este actor representa la superación, la lucha por salir de unos orígenes extremadamente humildes. Jamás se rindió y pasó por muchos infortunios (incluso llegó a luchar en la guerra de Corea por problemas que tuvo en su país) Su rostro tiene algo cercano, lo mismo que sus ojos. Haga el papel que haga, siempre te pone de su lado y esa virtud la tienen muy pocos actores en la actualidad (quizás Anthony Hopkins). Tiene ya más de ochenta años y sigue en activo. No puedo imaginar que un día ya no estará, que un día dejará de hacer películas. En su larga carrera participó en muchas mediocridades, pero también hizo papeles grandiosos como Alfie, Hannah y sus hermanas, El hombre que pudo reinar, Qué ruina de función, Little Voice, Educando a Rita (esta última una lección de actuación) e incluso su pequeño papel a lo john Lennon en Hijos de los hombres. Grande, Michael Dios Caine. Por cierto, gran labor también la de su habitual doblador en España, Rogelio Hernández (ya fallecido).
domingo, 21 de septiembre de 2014
EL PERIODO DE
PRUEBA
(relato extenso)
-El consejo de
administración ha decidido ascenderte; el puesto de director adjunto es tuyo.
Escuchar esas palabras de
boca del carrasposo y enigmático señor Mora provocó en Alberto una sensación
cercana al más puro y reconfortante éxtasis. Aunque sea una expresión muy
manida, viene que ni de perilla para explicar con pocas palabras su
satisfacción: fue como quitarse un enorme peso de encima. Sus hombros se
relajaron, volviendo a un estado casi olvidado para ellos; sus músculos faciales
recuperaron una posición arrinconada tiempo atrás, activándose para mover los
labios hacia la sonrisa. No es que no hubiera sonreído en años, es que nunca
dicho gesto había sido tan sincero, tan agradecido, y tan rotundo a la vez como
aquella mañana. Menuda sorpresa. Lo llevaba deseando una eternidad y aún así la
noticia le golpeó en el pecho.
-¿No dices nada?-le
preguntó el Señor Mora.
jueves, 18 de septiembre de 2014
Con solo cuatro notas
Me pregunto cómo será posible que con tan solo cuatro notas, Clint Mansell haya conseguido una composición tan abrumadora. La repetición. Los renacentistas, en especial los arquitectos, dotaron de belleza a sus obras a través de las repetición. Ventanas y puertas colocadas de forma simétrica, una tras otra, y el edificio, casi por arte de magia, adquiría mayor ligereza y armonía. Resultaba bello. La banda sonora de la turbadora "Requiem por un sueño" es para mí como uno de esos edificios. A través de la sencilla sucesión continuada de cuatro notas consigue emocionarme. Suele ser que lo más simple acaba siendo lo más bello. Hay que dejarse llevar por esta magnífica composición; poco a poco, sin prisa, hasta alcanzar la fuerza estremecedora de su leitmotiv. No me canso de escucharla.
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